Tal era la seguridad en sí misma que irradió en esa pregunta, que sintió una punzada de temor en el estómago…
Sin esperar a su contestación, comenzó a balancear su cuerpo al ritmo de una música imaginaria, que por su leve sonrisa parecía ser deliciosa.
Allí, de pie, estaba en lo alto de su desconcertado ser, pisándolo con cuidado para no caer.
Aquella ingravidez le contagiaba, pero el miedo a desvanecerse le hizo quedarse, sosteniendo a su pequeña ninfa, imaginando un beso perdido mientras ella giraba, rodeada de sus pensamientos.
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